El Tiempo de Revisión nació para fijar criterios y aportar claridad. Hoy, el CTA lo utiliza para moverse en la ambigüedad y evitar definirse.
El nuevo Comité Técnico de Árbitros llegó con la promesa de un cambio profundo. Transparencia, pedagogía, cercanía y, sobre todo, coherencia. Durante las primeras semanas, el proyecto pareció ilusionante: los vídeos semanales de Tiempo de Revisión se vendieron como una herramienta para aclarar criterios y reducir la eterna sensación de arbitrariedad. Sin embargo, con el paso de las jornadas, esa idea se ha ido desinflando hasta convertirse en justo lo contrario de lo que pretendía ser.
Hoy, el CTA no aclara: confunde. No fija criterios: los diluye. Y lo más preocupante es que ha empezado a mostrar una falta de solidez que ya no solo percibe el aficionado, sino también el propio colectivo arbitral. Cada semana, las jugadas se analizan de una manera distinta según convenga. Donde antes había blanco o negro, ahora todo es gris. Interpretativo. Relativo. Cómodo.
El ejemplo más reciente es la jugada entre Vinícius y Tenaglia. El CTA decide calificarla como «interpretativa”, un concepto que se ha convertido en el refugio perfecto para no mojarse. Si es penalti, bien. Si no lo es, también. El problema es que un vídeo que nace para aclarar termina sin aclarar absolutamente nada. Y cuando todo es interpretable, nada es realmente evaluable.
Para sostener ese discurso, el propio CTA se ve obligado a contradecirse. En la misma jornada, en el Celta – Athletic, una patada dentro del área de Carreira sobre Iñaki Williams es despachada con la idea de que “no se puede medir la intensidad” y que, por tanto, el VAR no debería haber intervenido. Pero ese argumento se cae solo cuando se revisa el archivo reciente del propio Comité. En el programa 7 de Tiempo de Revisión, una patada prácticamente idéntica en el Girona – Real Oviedo sobre Stuani sí fue considerada penalti. Y en el Sevilla–Osasuna, programa 9, otra acción similar volvió a ser sancionada sin que la “intensidad” fuera un problema. Mismas acciones, conclusiones opuestas. Sin explicación convincente.
Lo mismo sucede con el fuera de juego posicional. En el Atlético de Madrid – Osasuna se invalida un gol porque Griezmann impacta levemente en Boyomo, bajo el argumento de que el defensor podría haber llegado al balón. Semanas después, en un Real Sociedad – Athletic, una acción prácticamente calcada entre Laporte y Aramburu se resuelve de forma opuesta: ahí no hay fuera de juego. ¿Por qué? Nadie lo explica. O peor aún: se explica de manera distinta según el día.
Este es el verdadero problema del actual CTA. No es solo que se equivoque, eso es inevitable, sino que no es consistente. Que adapta el discurso según la jugada, el árbitro implicado o el contexto. Que evita señalar errores claros para no “exponer” a determinados colegiados. Y que, en ese intento de proteger, termina perdiendo credibilidad.
Dentro del colectivo arbitral, este desgaste ya se nota. Hay árbitros que consideran que el CTA actual tiene menos peso técnico y menos autoridad reglamentaria que el anterior. Quizá el viejo Comité fallaba en formas y gestión, pero su conocimiento del reglamento era menos cuestionable. Hoy, en cambio, se percibe un liderazgo más débil, menos respetado y con menos capacidad para fijar una línea clara.
El resultado es previsible: un CTA que prometía renovación empieza a parecerse demasiado a lo de siempre. O incluso peor. Porque ahora, además, deja rastro audiovisual de sus contradicciones. Y cuando un Comité pierde el respeto interno y externo, ya no hay vídeo explicativo que lo arregle.


