«El CTA más transparente de la historia», en palabras de Fran Soto, decidió negar una evidencia clara del error cometido por el VAR en el Barcelona – Celta de Vigo.

 

Hay un punto en el que el debate deja de ser futbolístico. Deja de ser arbitral, incluso. Y pasa a ser algo mucho más básico: una cuestión de credibilidad. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el fuera de juego anulado a Ferran Torres en el Barcelona – Celta de Vigo. Porque aquí ya no estamos ante una jugada interpretable. No estamos ante una acción gris. Estamos ante una evidencia visual.

El fuera de juego semiautomático se diseñó para eliminar el error humano en este tipo de acciones. Para acabar con la discusión sobre líneas, sobre centímetros, sobre percepciones. Un sistema frío, preciso, objetivo. O eso se nos vendió. Pero todo ese discurso se desmorona en el momento en el que el sistema, o, mejor dicho, quienes lo manejan, eligen mal el punto de partida.

 

No es opinión. No es interpretación. Es evidencia.

 

Porque eso es exactamente lo que ha pasado. No es una opinión. No es una interpretación. Es un hecho. Existe un vídeo en el que, yendo frame a frame, se puede comprobar cómo el momento elegido por el VAR no es el primer contacto de Pedri con el balón, que es el que marca, muy claramente, el reglamento. Es un frame posterior, con el balón ya en movimiento. Un instante después. Una décima de segundo que cambia absolutamente todo.

Y eso tiene una consecuencia directa: los jugadores están más adelantados en ese frame que en el correcto. Lo suficiente como para que una acción legal pase a ser ilegal. Lo suficiente como para anular un gol.

Hasta aquí, el error. Grave, sí. Pero error al fin y al cabo. El verdadero problema llega después.

 

El CTA decide tomar por tonto al aficionado

 

Porque cuando existe una evidencia visual tan clara, cuando hay una prueba directa de que el frame seleccionado no es el correcto, lo lógico sería reconocerlo. Corregir. Explicar. Aprender. Pero el CTA ha decidido hacer exactamente lo contrario: negar la evidencia.

Que desde el Comité se defienda públicamente que el frame está bien escogido no es una cuestión de criterio. No es una interpretación discutible. Es, directamente, sostener algo que las imágenes contradicen. Y ese es un punto, muy peligroso, de no retorno.

Porque cuando el debate pasa de lo opinable a lo comprobable, ya no hay margen. No hay relato posible. O es blanco o es negro. Y en este caso, el vídeo no deja lugar a dudas.

 

El cuento de los «frames por segundo»

 

Se ha insistido durante meses en que el fuera de juego semiautomático trabaja con múltiples frames por segundo, que la precisión es absoluta, que el margen de error es prácticamente inexistente. Se ha repetido hasta la saciedad que equivocarse en la elección del frame es imposible. Pues bien, ha ocurrido. Muchas veces. Y no solo ha ocurrido, sino que además se defiende que no ha ocurrido.

Y ese es el verdadero problema del arbitraje español en estos momentos. No el fallo puntual. No la jugada concreta. Sino la gestión posterior. La necesidad constante de proteger cualquier decisión, incluso cuando es indefendible

 

Transparencia… Pero solo a veces.

 

Porque esto ya no va de Ferran Torres. Ni siquiera va del Barcelona, que acumula cuatro errores de este sistema en contra, los mismos que el resto de equipos juntos. Va de algo mucho más profundo. Va de un organismo que, ante la evidencia, opta por cerrarse.

Y eso tiene consecuencias. Porque cuando el error se niega, se repite. Cuando no hay autocrítica, no hay mejora. Y cuando la realidad se sustituye por un relato, lo único que se pierde es credibilidad.

El fuera de juego semiautomático no ha fallado solo en la ejecución. Ha fallado en lo más importante: en la confianza que debía generar. Y eso, a estas alturas de temporada, es mucho más grave que cualquier línea mal trazada.