Munuera Montero retrató a Pizarro Gómez tras una intervención surrealista desde el VAR en el Celta de Vigo – Osasuna

 

Hay arbitrajes buenos, arbitrajes muy buenos… y arbitrajes que marcan una temporada. El de Munuera Montero en el Celta de Vigo–Osasuna pertenece claramente a este último grupo. No por acumular decisiones llamativas ni por convertirse en protagonista, sino precisamente por lo contrario: por sostener su criterio, por no dejarse arrastrar por el ruido del VAR y por recordar algo que empieza a olvidarse demasiado a menudo en el arbitraje español: que el árbitro de campo sigue siendo la autoridad.

Munuera Montero llegaba al partido en una dinámica muy buena. No es casualidad que esté siendo designado para encuentros de máximo nivel ni que haya arbitrado una final de Supercopa entre Real Madrid y Barcelona. Su temporada está siendo sólida, coherente y madura. Y ayer dio un paso más: se consolidó definitivamente.

La jugada clave llega tras una acción entre Fer López y Rubén García. El contacto existe, sí, pero lo que se aprecia es, como mucho, un pisotín leve, un contacto mínimo, imposible de calificar con rotundidad ni como falta ni, mucho menos, como error claro y manifiesto. La acción continúa y termina en un penalti clarísimo por mano de Catena dentro del área. Decisión correcta en el césped. Decisión limpia. Decisión valiente.

 

 

Pizarro Gómez volvió a dar la nota desde el VAR

 

A partir de ahí comienza el verdadero problema. El VAR, con Pizarro Gómez al frente, entra en escena tras una revisión interminable, ya de por sí sospechosa. Cuando el VAR tarda tanto es porque no lo ve claro. Y cuando no lo ve claro, no debería intervenir. Pero interviene. Llama a Munuera Montero al monitor por una acción en la que ni siquiera se aprecia con certeza el contacto.

Eso, según cualquier manual arbitral serio, es una barbaridad.

Y aquí es donde Munuera Montero sienta cátedra. Va al monitor, revisa la acción y hace exactamente lo que tiene que hacer un árbitro con personalidad: mantiene su decisión. No compra un contacto mínimo, no se deja intimidar por la llamada, no transforma una acción gris en una falta determinante. Le dice “no” al VAR. Y lo hace con criterio.

Hace solo unas semanas, el presidente del CTA, Fran Soto, fue muy claro: es peor intervenir sin que exista un error claro y manifiesto que no intervenir. Pues bien, lo de ayer fue exactamente eso: la peor intervención posible para el propio discurso del Comité.

 

¿Nevera para Pizarro Gómez?

 

Todos los analistas arbitrales coincidieron: la llamada al monitor fue un error. Un error grave. Y, según el propio criterio que el CTA dice aplicar, eso debería tener consecuencias. Si realmente se penaliza más el exceso que la omisión, Pizarro Gómez debería ir directamente a la nevera. Otra cosa es que, con el CTA actual, eso termine ocurriendo.

Y no sería un caso aislado. Pizarro Gómez ya fue protagonista hace apenas unas semanas en Emiratos Árabes, cuando intervino desde el VAR para una roja que no era, ni de lejos, un error obvio y manifiesto. Alberola Rojas, árbitros del partido, con buen criterio, no le compró la intervención y también se mantuvo en su decisión. Ayer repitió patrón. Empieza a ser demasiada coincidencia.

 

Munuera Montero señaló el camino a seguir

 

Pero la clave de todo esto no es solo señalar errores. La clave es entender qué habría pasado con otro árbitro en el césped. Si en lugar de Munuera Montero hubiera estado un colegiado con menos personalidad, uno de los que cada vez que el VAR llama hace exactamente lo que le dicen, esa falta probablemente se habría señalado. Y nadie habría hablado de “escándalo”. Simplemente, la jugada habría sido otra.

Y ese es el gran problema del sistema actual: no es uniforme, no es previsible, no es fiable. Depende demasiado de quién esté en el VAR… y de quién tenga el silbato.

Munuera Montero fue ayer el primer árbitro de la temporada que, con razón, se mantuvo firme frente a una llamada errónea del VAR. Y lo hizo bien. Muy bien. Con criterio, con personalidad y con una autoridad que hoy no sobra, sino que falta.