El colectivo arbitral están empezando a desmarcarse de unas directrices del CTA que consideran imposibles de entender.

 

La fractura entre el Comité Técnico de Árbitros y los propios colegiados empieza a ser evidente. Y es que, según ha podido saber Archivo VAR, una parte importante del colectivo arbitral profesional no entiende las directrices actuales del CTA y, lo que es más preocupante, empieza a desmarcarse silenciosamente de su gestión. No se trata de una rebelión pública, pero sí de una desconexión progresiva que va creciendo jornada tras jornada.

El actual CTA aterrizó con un discurso ambicioso: transparencia, pedagogía, cercanía y protección al árbitro. Tras una etapa anterior muy cuestionada con Medina Cantalejo al frente, el nuevo equipo prometió claridad en los criterios y estabilidad en las decisiones. Durante las primeras semanas hubo reuniones, mensajes de unidad y una aparente voluntad de reconstrucción interna. Ocho meses después, la percepción dentro del colectivo es muy distinta.

Varios árbitros reconocen en privado que no existe una línea clara y uniforme en las directrices. Acciones similares reciben tratamientos distintos dependiendo de la jornada, del foco mediático o del contexto del partido. El problema no es tanto el error, que forma parte del arbitraje, como la falta de coherencia posterior. Hay decisiones que el CTA justifica públicamente como correctas que, internamente, no todos comparten. Y otras que se consideran errores graves sin que el criterio aplicado quede del todo explicado.

 

Las filtraciones, el problema más grave

 

El ejemplo más reciente se volvió a poner sobre la mesa en las últimas horas, cuando varios periodistas afines al CTA, de diferentes medios de comunicación, detallaban las razones de varias “neveras”. Gálvez Rascón, Trujillo Suárez o Caparrós Hernández han sido señalados con distintos grados de gravedad según la versión trasladada. Lo que molesta dentro no es la sanción en sí, sino la exposición constante y la sensación de que la única transparencia real del CTA es la filtración de castigos. Si hay un error tecnológico, es circunstancial. Si hay un fallo estructural, es externo. Pero si hay una acción polémica en el campo, el foco recae inmediatamente en el árbitro.

Esa dinámica ha provocado algo aún más delicado: algunos colegiados empiezan a priorizar su criterio profesional alineado con UEFA y FIFA antes que con las indicaciones cambiantes del CTA. Prefieren proteger su imagen internacional, clave para futuras designaciones europeas o mundiales, antes que adaptarse a interpretaciones que consideran inestables. Si eso implica asumir una jornada en la nevera, la asumen. Pero lo que no quieren es que su reputación técnica quede comprometida por decisiones que no comparten.

La sensación de desprotección es uno de los puntos más repetidos. El año pasado se criticaba a Medina Cantalejo por su relación con la prensa y por determinadas filtraciones. Hoy, comparativamente, algunos árbitros reconocen que al menos existía una línea de criterio más definida. Que esa comparación empiece a producirse apenas medio año después del relevo es un síntoma muy significativo.

 

El Tiempo de Revisión ha perdido todo el respeto

 

También genera desconcierto la gestión pública del Tiempo de Revisión. El CTA defiende que es una herramienta pedagógica, pero dentro del colectivo hay quienes lo ven como un escaparate selectivo donde se explican algunas jugadas y se evitan otras más incómodas. La percepción es que el comité elige qué batallas dar y cuáles esquivar, en lugar de afrontar todas con el mismo nivel de autocrítica.

El resultado es un escenario inestable: árbitros que sienten que cada jornada pisan terreno incierto, directrices que no siempre se interpretan igual y un liderazgo que, lejos de consolidarse, pierde respaldo interno. No todos piensan igual, por supuesto, pero el número de voces críticas va en aumento.

Cuando un colectivo profesional empieza a desconfiar de quien marca el rumbo, el problema deja de ser puntual. El CTA llegó con la promesa de devolver estabilidad y credibilidad. Hoy, según la información recabada por Archivo VAR, el reto ya no es mejorar la imagen pública: es recuperar la confianza del propio vestuario arbitral.