Las designaciones para el Mundial y el rechazo europeo a la «Ley Prestianni» confirman un pulso que llevaba años cociéndose a fuego lento.

 

Que la FIFA y la UEFA no se llevan bien no es ninguna novedad. Lo llamativo es dónde han decidido librar su última batalla: el arbitraje. Desde hace un par de temporadas, los dos organismos más poderosos del fútbol vienen chocando en un terreno que, a priori, debería unirlos. Y no hablamos solo de calendarios ni de dinero, que también, sino de algo de más fondo: cada uno tiene su propia idea de cómo hay que arbitrar, y ninguno está dispuesto a comprarle la del otro.

En el fondo hay una batalla de criterio, quizá de egos. La FIFA se ha propuesto innovar, meter mano al reglamento y a los protocolos; la UEFA, en cambio, defiende su modelo y su forma de evaluar a los colegiados. Cada parte está convencida de que su vara de medir es la buena. Y cuando dos gigantes así se plantan, el pulso se nota hasta en los detalles más pequeños. Dos frentes recientes lo dejan clarísimo.

 

El caso de los árbitros españoles

 

El primero lo tienes en las designaciones para el Mundial. El arbitraje español llegaba con José María Sánchez Martínez como gran candidato, un perfil respaldado desde el entorno europeo. Pero la FIFA dijo que no: consideró que no estaba a la altura y tiró por Alejandro Hernández Hernández. El canario es, de hecho, el único árbitro principal español del torneo.

Y ojo, porque la designación de Hernández Hernández tampoco fue precisamente un homenaje. Y es que, según ha podido saber Archivo VAR, la FIFA valoró seriamente que ningún partido del Mundial fuese dirigido por un árbitro español. Y cuando por fin entró en la lista lo hizo con una presencia mínima: un árbitro acompañado, en un primer momento, por un único asistente. Solo más tarde se le sumó un segundo. Traducido: la FIFA le reservó a España el papel más discreto posible. Un mensaje en toda regla para la UEFA, que veía cómo su apuesta se quedaba fuera del reparto.

 

La «Ley Prestianni» y el plante europeo

 

El segundo frente es el más caliente, y es el que ha terminado de encender la mecha. Y es que en febrero, en el Benfica – Real Madrid de la Champions, Vinicius denunció haber recibido un insulto racista por parte de Gianluca Prestianni, jugador del conjunto portugués. El argentino se tapó la boca al hablar, de modo que las cámaras no pudieron confirmar qué había dicho. Se activó el protocolo antirracismo, el partido estuvo detenido varios minutos y los jugadores no sabían ni si seguir jugando o marcharse. Un lío de manual, sin una respuesta clara sobre la marcha.

La FIFA tomó cartas en el asunto y aprobó una norma, bautizada popularmente como «Ley Prestianni», también «Ley Vinícius», que para el Mundial castiga con expulsión al futbolista que se tape la boca al encararse con un rival. La lógica la resumió el propio Infantino: si te tapas la boca para decir algo, debe presumirse que has dicho algo que no debías, porque de lo contrario no habrías necesitado taparte. La medida ya se ha estrenado, y con polémica: Almirón (Paraguay) y Hincapié (Ecuador) han visto la roja por ello tras pasar por el VAR.

 

Negativa total de la UEFA

 

¿Y la UEFA? Pues ha dicho que no. Pese a que el episodio que lo originó todo sucedió en su propia competición, y pese a que su protocolo sobre el terreno de juego no fue precisamente un ejemplo de eficacia, el organismo europeo ha confirmado que no aplicará la expulsión automática ni en la Champions, ni en la Europa League, ni en la Conference. Su argumento: taparse la boca no puede costar una roja de forma automática, porque se corre el riesgo de expulsar a alguien sin un acto ofensivo demostrable. En Europa será el árbitro quien decida caso a caso, con margen para sacar la amarilla si entiende que se está ocultando una conversación de mala fe, y para abrir una investigación posterior si hace falta.

 

Dos maneras de entender el juego

 

Al final, lo que tienes sobre la mesa son dos filosofías enfrentadas. La FIFA quiere marcar el paso, innovar y que el resto de confederaciones copien su modelo. La UEFA no le compra el producto: ni sus normas exprés ni su manera de valorar a los colegiados. Y en medio de ese tira y afloja, el arbitraje se ha convertido en el campo de batalla donde ambos miden fuerzas.

No es una pelea menor. Detrás de quién decide qué se pita y cómo se evalúa a un árbitro hay mucho poder en juego. Lo del Mundial y lo de la «Ley Prestianni» son solo los dos últimos capítulos de una guerra que, visto lo visto, tiene toda la pinta de ir a más.