Los árbitros, atónitos tras el último Tiempo de Revisión: “Ya no sabemos cuándo una mano es mano o cuándo una roja es roja”.

 

El arbitraje español ha entrado en una fase especialmente delicada, no tanto por la acumulación de errores, que siempre han formado parte del juego, sino por una sensación mucho más preocupante que empieza a extenderse dentro del propio colectivo arbitral: la imposibilidad de identificar un criterio claro, estable y coherente. Y es que, según ha podido saber Archivo VAR, lo ocurrido en el último “Tiempo de Revisión” del CTA no ha hecho más que agravar esa percepción hasta el punto de convertirse, según trasladan varias voces internas, en la gota que ha terminado de colmar el vaso.

 

El no penalti de Maffeo a Gayà, primera acción inexplicable

 

La polémica no nace de una única acción, sino de la interpretación conjunta de varias jugadas que, vistas en bloque, dibujan un escenario difícil de sostener desde el punto de vista técnico. La primera de ellas se produce en el Real Mallorca – Valencia, donde Maffeo pisa de forma directa el tendón de Aquiles del lateral. No se trata de un contacto residual ni de un simple roce; es un impacto claro en una zona especialmente sensible que, por definición, implica un riesgo evidente para la integridad del jugador. En ese tipo de acciones, la lógica arbitral y el criterio que se ha venido aplicando en los últimos años apuntan hacia una sanción clara, especialmente teniendo en cuenta el peligro inherente del contacto.

Sin embargo, el CTA optó por situar la jugada en el terreno interpretativo, evitando considerarla como una acción de VAR clara. Hasta ahí, podría entenderse como una decisión discutible, pero no extraordinaria dentro del fútbol. El problema aparece cuando esa acción se compara con otra prácticamente en paralelo, correspondiente al Alavés – Osasuna, en la que Toni Martínez recibe un pisotón de Catena tras un disparo. En este caso, el contacto se produce en el empeine, con la parte delantera del pie y con una intensidad menor que la de la acción anterior. A pesar de ello, aquí el criterio es contundente: penalti claro.

 

Dos acciones comparables, dos criterios muy diferentes

 

Es precisamente esa comparación la que genera desconcierto entre los árbitros. No tanto por la decisión individual de cada jugada, sino por la falta de una lógica común que permita entender por qué una acción con mayor riesgo físico se considera interpretable y otra de menor entidad se eleva a categoría de decisión evidente. Según trasladan fuentes arbitrales, lo verdaderamente preocupante no es equivocarse, sino no saber por qué se toma una decisión u otra en situaciones aparentemente similares.

 

La mano que únicamente el CTA entiende como penalti

 

Ese desconcierto, sin embargo, se transforma directamente en preocupación con la segunda acción analizada por el CTA, correspondiente al Málaga–Castellón. En esta jugada, un defensor del Castellón realiza un despeje claro del balón, lo que en terminología arbitral se conoce como un “play the ball”. Tras ese despeje, el balón impacta en el cuerpo de un rival y, de forma completamente inesperada, cambia su trayectoria hasta golpear en la mano del propio defensor. Se trata de una secuencia en la que no existe voluntariedad, no hay una posición antinatural previa del brazo y, sobre todo, no hay capacidad de reacción ante un rebote imprevisible.

Este tipo de acciones están claramente recogidas en el reglamento como no punibles, precisamente porque ha evolucionado en los últimos años para proteger este tipo de situaciones fortuitas. De hecho, existe un precedente prácticamente idéntico en el Levante–Sevilla de la pasada jornada, donde una acción similar fue corregida por el VAR en esa misma línea interpretativa. Por eso, dentro del colectivo arbitral, la expectativa era prácticamente unánime: se esperaba que el CTA calificara la jugada como un error.

 

El colectivo arbitral esperaba una decisión totalmente opuesta del CTA

 

La sorpresa llegó cuando ocurrió justo lo contrario. El CTA consideró la acción como un penalti claro. Ese giro en el criterio no solo desconcertó, sino que provocó una reacción inmediata dentro del colectivo. “Estábamos seguros de que lo iban a dar como error, porque es una acción de manual para no sancionar. Cuando vimos que lo daban como penalti, los mensajes empezaron a llegar”.

Ese momento, según coinciden varias voces, marca un punto de inflexión. A partir de ahí, la conversación deja de girar en torno a una jugada concreta y pasa a centrarse en algo mucho más profundo: la pérdida de referencias. “Nos sentimos completamente perdidos”, reconocen. Y no se trata de una frase puntual, sino de una sensación compartida que empieza a repetirse con frecuencia en distintos niveles del arbitraje.

La raíz del problema, según explican, es que los criterios han dejado de ser previsibles. El árbitro, cuando salta al campo, necesita una base clara sobre la que tomar decisiones. Necesita saber qué tipo de contactos son sancionables, qué acciones requieren intervención del VAR y cuáles deben quedar en el criterio de campo. Sin embargo, esa base, a día de hoy, parece difusa.

 

CTA sin criterio. Árbitros sin criterio

 

“Ya no sabemos cuándo una mano es mano o cuándo un pisotón es penalti”, es una de las frases que mejor resume el sentir actual. No es una crítica a una decisión concreta, sino a la falta de coherencia global en la aplicación del reglamento. Cuando una misma acción puede tener dos interpretaciones completamente distintas en función del partido o del contexto, el árbitro pierde la seguridad necesaria para ejercer su función.

Esta sensación se extiende también al criterio disciplinario, especialmente en las acciones de expulsión. Un ejemplo reciente es el del Racing de Santander – Almería, donde Lopy fue expulsado por un pisotón con el rival en el suelo, considerado como juego brusco grave. Esa acción marcó un estándar claro en su momento. Sin embargo, en el Málaga – Castellón de esta misma jornada se produce una acción totalmente idéntica y el VAR decide no intervenir. La similitud entre ambas jugadas es evidente, pero el resultado es completamente distinto.

Para los árbitros, este tipo de contradicciones no pueden explicarse únicamente desde la interpretación. Lo que perciben es una falta de línea continua, una ausencia de criterio uniforme que convierte cada decisión en un escenario incierto. “Hay jugadas que creemos que son roja y no lo son, y otras que pensamos que no lo son y sí lo son”, explican.

 

El colectivo arbitral, en fuera de juego

 

El problema, por tanto, no es el error en sí mismo, sino la volatilidad del criterio. El fútbol siempre ha convivido con decisiones discutibles, pero lo que resulta difícil de asumir es la ausencia de una lógica reconocible que permita anticipar esas decisiones. Cuando el criterio cambia de forma constante o parece aplicarse de manera desigual, el árbitro deja de tener una guía fiable.

A esta falta de coherencia se suma otro elemento igualmente preocupante: la desconexión con el sentido común del juego. Más allá del reglamento, el arbitraje siempre ha estado apoyado en una interpretación lógica de lo que ocurre sobre el terreno de juego. Cuando las decisiones se alejan de esa lógica de forma reiterada, el árbitro no solo duda del criterio que recibe, sino también de su propia percepción del juego.

El resultado es un colectivo que, lejos de sentirse respaldado por una estructura sólida, percibe que se encuentra en un entorno inestable, donde las directrices cambian sin una explicación clara y donde la consistencia brilla por su ausencia. En ese contexto, tomar decisiones se convierte en un ejercicio de incertidumbre más que de aplicación técnica.

El CTA, que en numerosas ocasiones ha defendido su transparencia y su modelo de trabajo, se enfrenta ahora a un desafío mucho más complejo que cualquier polémica puntual. No se trata de justificar una jugada concreta, sino de reconstruir un criterio que, a ojos de sus propios árbitros, ha dejado de ser reconocible.