Messi y Bernardo Silva: cuando el fanatismo intenta comparar una roja clara con una amarilla de manual

 

El Mundial apenas ha comenzado y ya ha dejado una de esas comparaciones que explican perfectamente el estado actual del debate futbolístico. No porque exista una duda arbitral razonable, sino porque el fanatismo ha conseguido convertir dos acciones completamente diferentes en un supuesto debate.

Durante las últimas horas, miles de aficionados han comparado la entrada de Leo Messi sobre Mandi en el Argentina – Argelia con la acción protagonizada por Bernardo Silva en el Portugal – República Democrática del Congo. El argumento es sencillo: en ambas existe un planchazo y, por tanto, ambas deberían tener el mismo castigo disciplinario.

El problema es que el arbitraje no funciona así.

Y cualquier persona que tenga unos conocimientos mínimos sobre tipos de infracción, uso de fuerza excesiva, intensidad y riesgo para el adversario sabe que estamos comparando dos acciones que tienen poco que ver entre sí.

 

La acción de Messi cumple todos los condicionantes

 

La primera, la de Messi, es una expulsión clarísima.

No es una roja discutible. No es una roja gris. No es una de esas acciones en las que se pueden encontrar argumentos para una amarilla o para una expulsión dependiendo de la sensibilidad de cada árbitro. Es una roja bastante evidente para cualquiera que analice la acción desde un punto de vista técnico.

Messi llega por detrás, no juega el balón y termina impactando con los tacos sobre la zona del tendón de Aquiles y el gemelo de Mandi. Pero lo más importante no es únicamente el punto de contacto. Lo realmente relevante es la forma en la que se produce.

 

 

El argentino no realiza un contacto ligero y retira inmediatamente el pie. Existe un planchazo claro, una presión evidente sobre la pierna del rival y una extensión completa de la pierna durante el impacto. Esa presión genera riesgo de lesión, genera riesgo de torsión y cumple prácticamente todos los elementos que los árbitros buscan cuando valoran una posible expulsión por juego brusco grave.

Por eso la mayoría de analistas arbitrales coincidieron rápidamente en el diagnóstico. Por eso la práctica totalidad de árbitros consultados consideraron que la acción debía terminar con tarjeta roja. Y por eso la gran pregunta del partido no fue si era roja o amarilla, sino por qué Alessandro Giallatini, responsable del VAR, decidió no intervenir.

 

El VAR optó por la decisión más cobarde

 

La respuesta probablemente sea tan sencilla como incómoda. Porque el protagonista era Leo Messi.

Expulsar a cualquier futbolista en el debut de un Mundial ya genera presión. Expulsar a Leo Messi en el que probablemente sea su último Mundial requiere una personalidad que no todos los árbitros tienen. Si esa misma acción se produce en un Uzbekistán – Colombia, en un Suiza – Catar o en cualquier partido alejado del foco mediático, probablemente estaríamos hablando de una revisión VAR y una expulsión sin demasiada discusión. No hay más que ver las tres rojas que se vieron en el México – Sudáfrica.

Sin embargo, el fútbol también tiene jerarquías, nombres y contextos. Y negar eso a estas alturas resulta bastante ingenuo.

 

La acción de Bernardo Silva no cumple ningún condicionante

 

La segunda acción, la de Bernardo Silva, pertenece a una categoría completamente diferente.

El portugués disputa un balón dividido, llega antes que su rival y consigue tocar la pelota. Tras ese toque aparece un contacto con la cara interna del tobillo del jugador congoleño. Existe plancha, sí. Existe contacto, también. Pero ahí terminan las similitudes con la jugada de Messi.

 

 

La gran diferencia está en que el pie del rival se encuentra en el aire en el momento del impacto. No está apoyado sobre el césped. No existe una estructura fija sobre la que Bernardo Silva pueda ejercer presión. No existe riesgo de torsión del tobillo. No existe un apoyo que multiplique las consecuencias del impacto. El pie acompaña naturalmente el movimiento tras recibir el contacto.

Además, Bernardo Silva sí disputa el balón y sí llega a tocarlo previamente, un elemento que, sin ser decisivo por sí mismo, ayuda a contextualizar la acción. Estamos ante una entrada temeraria, merecedora de tarjeta amarilla, pero muy lejos de una acción que pueda catalogarse como uso de fuerza excesiva.

 

Una polémica artificial generada por el fanatismo

 

Por eso la decisión arbitral fue correcta. Y por eso resulta tan sorprendente que haya quien pretenda colocar ambas acciones en el mismo escalón disciplinario. Porque aquí es donde aparece el verdadero problema. El fanatismo.

El fanatismo lleva años sustituyendo al análisis. Ya no importa lo que sucede en una jugada. Ya no importa lo que dice el reglamento. Ya no importa cómo se evalúan las entradas desde hace años. Lo único que importa es quién protagoniza la acción.

Si la entrada la realiza Messi, algunos buscarán cualquier argumento imaginable para justificarla. Si la realiza un rival de Messi, la misma acción se convertirá automáticamente en una agresión intolerable. Y exactamente lo mismo ocurre en sentido contrario con otros futbolistas, otros clubes o incluso otras selecciones.

El resultado es un debate completamente inútil en el que desaparecen los criterios arbitrales y solo quedan las preferencias personales. Sin embargo, el reglamento sigue siendo el mismo para todos. Y con ese reglamento en la mano, la diferencia entre ambas acciones es enorme.

 

Dos acciones completamente diferentes con el reglamento en la mano

 

Una reúne prácticamente todos los elementos que justifican una expulsión por juego brusco grave: intensidad, planchazo, presión, riesgo para el rival y ausencia de disputa real del balón. La otra encaja perfectamente dentro del concepto de entrada imprudente sancionable con tarjeta amarilla.

No hace falta ser árbitro internacional para verlo. No hace falta haber estudiado durante años las Reglas de Juego. Basta con tener unos conocimientos básicos de cómo se valoran este tipo de acciones en el fútbol moderno. Por eso el debate real no debería ser si ambas acciones son iguales. Porque no lo son.

El debate real debería ser cómo hemos llegado a un punto en el que miles de personas son capaces de negar algo tan evidente simplemente porque el protagonista de la jugada es el futbolista al que admiran. Porque cuando el fanatismo consigue imponerse incluso al sentido común, ya no estamos discutiendo de fútbol.

Estamos discutiendo de otra cosa.