La expulsión que nadie entendió: Saúl Ais Reig y un cambio que deja más preguntas que respuestas

 

El árbitro mostró amarilla, escuchó el pinganillo durante casi medio minuto y terminó sacando roja directa sin revisar el monitor: una secuencia difícil de justificar.

 

Una decisión tomada… y detenida en el tiempo

 

El minuto 29 del Huesca – Ceuta dejó una de esas acciones que obligan al árbitro a decidir en cuestión de segundos. Balón dividido dentro del área, Marcos Fernández entra con la pierna extendida a ras de césped y Dani Jiménez sale abajo para bloquear. Ambos coinciden en el punto de impacto y terminan doloridos sobre el terreno de juego tras un choque intenso, propio de una disputa límite donde el margen de interpretación es estrecho.

Ais Reig se aproxima rápidamente y, tras observar la escena, extrae de su bolsillo izquierdo la tarjeta amarilla. La sostiene en la mano, visible, como señal inequívoca de una decisión ya tomada. La amarilla encajaba dentro de los márgenes posibles de la acción. Era, como mínimo, una respuesta disciplinaria coherente con la dureza del choque. Sin embargo, lo que sucede a continuación rompe completamente el ritmo natural de la decisión arbitral.

 

El giro inesperado: de la amarilla decidida a la roja sin revisión

 

Tras esa pausa prolongada, llega el momento que cambia la percepción de toda la jugada. Ais Reig guarda la tarjeta amarilla de forma disimulada y saca la roja directa del bolsillo derecho. No hay revisión en el monitor. No hay gesto de acudir a la pantalla. No hay una nueva observación de la acción. Solo una cosa ha cambiado entre la amarilla inicial y la roja final: el tiempo… y lo que haya podido escuchar por el pinganillo. La secuencia resulta difícil de ignorar. El árbitro había tomado una decisión clara. La amarilla estaba en su mano. Y, sin embargo, tras escuchar durante medio minuto, rectifica completamente. Este tipo de situaciones alimentan inevitablemente una sensación incómoda: la de una corrección que no nace de una nueva percepción visual, sino de una advertencia externa que llega antes de que el error se haga oficial.

 

 

En los protocolos actuales, el VAR puede advertir de una posible revisión. Y ahí aparece una hipótesis que ha empezado a circular con fuerza en entornos arbitrales: la posibilidad de que el colegiado recibiera un aviso previo de que la acción iba a ser revisada. Un simple “Saúl, vamos a revisarla” habría bastado para cambiar el escenario. Y, anticipándose a esa revisión formal, el árbitro habría optado por rectificar por iniciativa propia, evitando así el posible paso por el monitor.

 

Una rectificación que evita el monitor… y abre un debate incómodo

 

Si ese escenario fue el que ocurrió, la implicación es profunda. Porque el VAR está diseñado para corregir decisiones mediante revisión visible, no mediante advertencias que provoquen rectificaciones preventivas. Cambiar una decisión disciplinaria antes de que el proceso formal se active deja una imagen difícil de encajar dentro de la transparencia que se busca proteger.

La sensación que deja la jugada no es la de una simple corrección, sino la de una anticipación. La de un árbitro que, tras recibir información, decide modificar su decisión antes de que el error quede consolidado. No es la roja en sí lo que genera el debate. Es el proceso. Es el minuto largo de escucha. Es la amarilla detenida en el aire. Es el cambio sin revisión.

Porque en el arbitraje de élite, el tiempo que transcurre entre una decisión y su rectificación también comunica. Y en este caso, lo que comunica no es claridad. Es incertidumbre. Y, sobre todo, la sensación de que algo ocurrió durante ese medio minuto que el espectador nunca llegó a ver, pero que lo cambió todo.