Confusión de identidad: La norma que expulsó a Embolo está bien aplicada, pero terriblemente mal redactada.
Lo que pasó anoche en el Argentina–Suiza no es nuevo. Ya lo vimos en el Estados Unidos–Paraguay, y volverá a pasar, porque el reglamento lo está pidiendo a gritos. Vamos a explicarlo bien, porque se está contando a medias.
Qué ocurrió
Minuto 72. Embolo, que ya estaba amonestado, disputa un balón cerca de la banda con Paredes y se deja caer. Y no es un «había contacto y lo exagera»: se está tirando antes de que exista contacto alguno. Paredes ni siquiera va a la disputa con intención de falta, simplemente está encimando. Un piscinazo de los de vergüenza ajena.
🖥️💥 Embolo se autoexpulsó en el Argentina – Suiza.
👉🏻 El suizo, con una amarilla, finge una infracción que termina con amarilla para Paredes.
✅ 𝗘𝗦 𝗦𝗘𝗚𝗨𝗡𝗗𝗔 𝗔𝗠𝗔𝗥𝗜𝗟𝗟𝗔.
▪️ Con la nueva y rarísima normativa IFAB de «confusión de identidad», debe revisarse. pic.twitter.com/OXHrl2ts0M
— Archivo VAR (@ArchivoVAR) July 12, 2026
Lo grave viene después: João Pinheiro le saca la amarilla a Paredes. Es decir, amonesta al que recibe el fingimiento, no al que lo comete. Y es precisamente esa amarilla la que activa el protocolo VAR. Tras la revisión, Pinheiro corrige, le quita la tarjeta a Paredes y se la muestra a Embolo por simulación. Como el suizo ya tenía una, es segunda amarilla y expulsión.
Por qué el VAR pudo entrar
Aquí está la clave que mucha gente no entiende. El VAR no revisa los piscinazos. Si Embolo se tira, Pinheiro pita falta y no saca tarjeta a nadie, la jugada no se revisa jamás, por muy claro que sea el engaño. ¿Por qué anoche sí pudo entrar? Porque había una amarilla de por medio. La modificación 2026/27 del Protocolo VAR, aprobada por la IFAB, amplió la llamada «confusión de identidad» para permitir la intervención cuando el árbitro amonesta o expulsa al jugador equivocado, sea del equipo que sea.
Y esto, en el fondo, es justo. La norma no está para perseguir cada simulación: está para evitar que un defensor cargue todo el partido con una tarjeta que no le corresponde por culpa del teatro del rival. Si te compran el piscinazo y solo es falta, mala suerte, el árbitro se comió el engaño y punto. Pero si esa falta inventada le cuesta una amonestación a quien no ha hecho nada, ahí el VAR debe entrar. Ese es el espíritu de la norma, y es correcto.
El problema: está redactada de pena
Ahora bien, que esté bien aplicada no significa que esté bien escrita. Y no lo está. El texto habla de que el VAR interviene cuando la infracción por la que se amonesta la ha cometido otro jugador. Pero es que anoche no hubo «otro infractor»: no hubo infracción de Paredes. Hubo un fingimiento, lo cual sería una infracción aparte. Son cosas distintas, y la norma, leída de forma literal, no cubre bien el segundo caso.
La FIFA ya ha indicado a los árbitros que debe interpretarse así, y como es quien hace el reglamento, va a misa. Pero que haya que «interpretarlo» es exactamente el problema. Con la cantidad de gente experimentada que tiene la IFAB en sus despachos, no puede ser que dejen una norma tan ambigua cuando la solución es de primero de redacción: basta con especificar que el VAR puede intervenir también para valorar un fingimiento que haya provocado la amonestación del rival. Escribir no cuesta dinero. Dejarlo claro, tampoco.
Hacia dónde va esto
Que nadie se engañe: el VAR va hacia más intervencionismo, no menos. Suena paradójico, porque el mensaje oficial siempre fue que el VAR debía meterse lo justo. Pero esta ampliación de la confusión de identidad, sumada a la nueva posibilidad de revisar segundas amarillas, que derivan en roja pero nacen de una amonestación, apunta claramente a un VAR que entra más.
Y eso, en la práctica, va a traer polémica a raudales. A partir de ahora, cualquier intento de penalti en el que el atacante se deje caer antes del contacto va a mirarse con lupa. Lo cual está bien… si se es consistente. Y en este Mundial no se ha sido. Hace unos días a Mbappé le compraron un penalti en una acción más que discutible. Anoche a Embolo no solo no le compraron la falta, sino que le expulsaron por fingirla. Puede que ambas decisiones sean defendibles por separado, pero el criterio entre una y otra no puede ser tan distinto. La norma es justa; la aplicación tiene que ser pareja.