El VAR se salta el protocolo en el Celta de Vigo – Olympique de Lyon: una segunda amarilla decidida 31 segundos después.
El partido entre Celta de Vigo y Olympique de Lyon ha dejado una de esas situaciones que vuelven a abrir el debate sobre el uso del VAR en las competiciones europeas. En el minuto 54 del encuentro, el delantero del Celta, Borja Iglesias, fue expulsado tras recibir una segunda tarjeta amarilla por una acción sobre Clinton Mata. Hasta ahí, podría tratarse de una decisión discutible, pero dentro de lo habitual en un partido de fútbol. El verdadero problema no está en si la acción es o no merecedora de amarilla, sino en cómo se produce la decisión arbitral.
La jugada nace en el minuto 53:03, cuando Borja Iglesias disputa un balón en ataque con el defensor del Lyon. En la pugna por la posición, el delantero del Celta abre los brazos para protegerse y termina impactando con el brazo en la cara de Clinton Mata. Es una acción límite: hay argumentos para considerar que es amarilla, pero también se podría interpretar como un lance fortuito del juego. De hecho, en directo el árbitro del encuentro, el belga Erik Lambrechts, señala la falta pero no muestra ninguna tarjeta de inmediato.

Y aquí es donde empieza a llamar la atención lo ocurrido. La segunda amarilla y posterior expulsión no llega hasta el 53:34, es decir, 31 segundos después de que se haya señalado la infracción. Un retraso completamente anómalo para una acción de este tipo.
En el arbitraje moderno, especialmente en competiciones UEFA, se insiste constantemente en que las decisiones disciplinarias deben tomarse con rapidez y seguridad. Cuanto más tarda un árbitro en mostrar una tarjeta, más dudas genera en el campo y mayor crispación provoca entre los jugadores. Precisamente por eso, cuando un colegiado tiene clara una segunda amarilla, lo habitual es que la muestre en cuestión de segundos, no medio minuto después.
La secuencia que delata a Erik Lambrechts
La propia secuencia de la jugada refuerza esta idea. Tras señalar la falta, Lambrechts se acerca a la zona de la infracción, pide calma a los jugadores del Lyon que se acercan a protestar y pasa por delante de Borja Iglesias sin mostrarle la tarjeta. Si el árbitro hubiera considerado desde el primer momento que la acción era merecedora de segunda amarilla, ese habría sido el instante lógico para expulsar al delantero. Sin embargo, decide continuar gestionando la situación sin tomar ninguna decisión disciplinaria.

Hay además un detalle especialmente revelador. Instantes después de la infracción, el árbitro realiza un gesto reflejo llevándose la mano al pinganillo, algo que suele indicar comunicación con la sala VAR. A partir de ese momento pasan varios segundos hasta que finalmente decide mostrar la segunda amarilla.
Algunos podrían pensar que esa comunicación no procede del VAR, sino del equipo arbitral en el campo. Es decir, del asistente o incluso del cuarto árbitro. Sin embargo, esa posibilidad también se desmonta fácilmente por los tiempos de la jugada. Cuando un asistente observa una acción clara de tarjeta, la comunicación se produce de forma inmediata, prácticamente en el mismo segundo en el que ocurre la infracción. El asistente no espera 20 o 30 segundos para avisar al árbitro, porque sabe que las decisiones disciplinarias deben tomarse rápido para evitar protestas y tensión en el campo.
No es la primera vez que se da en Europa
Este patrón es muy conocido en el arbitraje europeo. No es la primera vez que ocurre en competiciones UEFA. En algunas ocasiones, cuando se produce una acción dudosa de segunda amarilla o incluso de roja directa, el árbitro retrasa la decisión durante 30 o 40 segundos mientras el VAR revisa la jugada y le transmite su valoración.

El problema es que eso está expresamente prohibido por el protocolo VAR. La tecnología solo puede intervenir para revisar situaciones de gol, penaltis, rojas directas o errores de identidad. Las segundas amarillas no forman parte del protocolo, por lo que el VAR no puede recomendar ni sugerir una tarjeta amarilla que suponga expulsión.
Por eso la cronología de la jugada resulta tan significativa. El árbitro está bien situado, ve perfectamente la acción y decide inicialmente no mostrar tarjeta. Solo 31 segundos después, tras esa aparente comunicación por el pinganillo, cambia su decisión y expulsa al jugador.
Sin confirmación oficial pero con evidencias irrefutables
Es cierto que nunca podrá demostrarse al cien por cien lo que ocurrió en la comunicación entre el árbitro y el VAR. Ni el colegiado va a reconocer que recibió una indicación externa, ni la sala VAR va a admitir haber intervenido en una acción que no le corresponde por protocolo. Tampoco la UEFA confirmará algo así, porque supondría reconocer una vulneración directa de sus propias normas.
Sin embargo, el contexto de la jugada deja muy pocas dudas. Un árbitro que pasa por delante del jugador sin expulsarlo, que tarda más de medio minuto en tomar una decisión disciplinaria y que realiza gestos claros de comunicación por el pinganillo no está actuando por convicción inmediata, sino esperando información. Y cuando esa información llega, la decisión aparece de forma repentina.
Por eso esta expulsión de Borja Iglesias no solo genera debate por la acción en sí, sino por lo que parece evidenciar: una intervención del VAR en una decisión que el protocolo prohíbe revisar. Una situación difícil de demostrar oficialmente, pero que por la secuencia de los hechos resulta extremadamente evidente para quién está al corriente de como funciona el VAR, algunas veces, en competiciones europeas.