Por qué algunas acciones duras ya no son roja… y otras sí: el matiz clave del juego brusco grave.

 

 

Una de las mayores fuentes de confusión arbitral entre los aficionados en los últimos tiempos tiene que ver con el juego brusco grave y, más concretamente, con por qué acciones muy aparatosas ya no se sancionan con tarjeta roja mientras otras, aparentemente similares, sí lo son. La clave está en una distinción reglamentaria que quizá no se ha explicado de la mejor manera a los aficionados: no es lo mismo una acción derivada de un juego deliberado y controlado del balón que una disputa violenta del mismo.

El reglamento ha evolucionado para diferenciar claramente ambos escenarios. Cuando un jugador tiene la posesión controlada del balón y realiza una acción voluntaria, por ejemplo, dar un pase a un compañero, el contacto posterior con un rival que invade su espacio ya no se considera automáticamente juego brusco grave, incluso aunque sea duro o visualmente impactante. La razón es simple: el contacto no lo provoca únicamente el jugador que ejecuta la acción, sino que es consecuencia de una coincidencia de movimientos, donde el rival entra en la zona natural de ejecución.

 

Impacto violento tras jugar el balón de forma deliberada

 

Un ejemplo claro de este tipo de acción es la ya famosa jugada de Tchouaméni sobre Pedri en un Real Madrid–Barcelona. El francés da un pase controlado y, tras hacerlo, impacta con el rival que llega tarde a la acción. Durante mucho tiempo se pidió roja, pero hoy el criterio es claro: no es expulsión, porque existe juego deliberado del balón y no una disputa violenta del mismo. Lo mismo ocurrió recientemente en el Rayo Vallecano–Oviedo, cuando Mendy, al sacar el balón jugado, impacta con los tacos en la rodilla de Fede Viñas, incluso provocándole una herida. Aparatoso, sí. Roja, no. La acción nace de un gesto técnico controlado, no de una entrada.

 

 

 

Impacto violento tras una disputa de balón

 

Muy distinto es el segundo escenario: la disputa del balón sin control, cuando un jugador va al suelo o entra con fuerza excesiva para ganar un balón dividido. En estas acciones, tocar balón no exime de infracción si el impacto posterior es violento. Aquí sí hablamos de juego brusco grave y de tarjeta roja.

 

 

El Real Oviedo–Mallorca, con la entrada de Santi Cazorla sobre Muriqui, es un ejemplo perfecto. Cazorla entra a ras de suelo, toca balón, pero impacta después de forma clara y peligrosa en el rival. No hay control, no hay pase deliberado: hay disputa. Roja. Lo mismo ocurrió en el reciente Rayo Vallecano–Real Betis, cuando Pathé Ciss puntea un balón y acaba clavando los tacos en el tobillo de Deossa. Acción directa, sin control, con riesgo evidente para la integridad del rival: expulsión indiscutible.

 


En resumen, el criterio actual no premia la dureza ni castiga la espectacularidad, sino el contexto de la acción. Jugar el balón de forma controlada y chocar no es lo mismo que ir a la disputa con fuerza excesiva. Entender esta diferencia es clave para comprender por qué el arbitraje, en este punto, ya no funciona como antes.