El Comité de Competición castiga con 2 partidos de sanción a Jan Virgili tras un contacto mínimo que fue sancionado con roja directa y confirmado, como no, por el CTA.

 

El Comité de Competición publicó este miércoles las sanciones disciplinarias de la jornada y hay una que destaca por encima del resto por lo difícil que resulta explicarla con lógica futbolística. El jugador más castigado de todos ha sido Jan Virgili, futbolista del Real Mallorca, que ha recibido dos partidos de sanción por su expulsión frente a Osasuna. Lo llamativo no es solo la sanción, sino la propia jugada por la que se produce. Una acción que, vista con un mínimo de sentido común arbitral, difícilmente debería haber terminado siquiera en tarjeta roja.

La jugada es extremadamente simple. Jan Virgili ve que su rival se marcha al contragolpe con el balón claramente adelantado y decide detener la acción con una falta táctica. No hay entrada violenta, no hay tacos, no existe intensidad peligrosa ni se produce un impacto que ponga en riesgo al rival. Lo que ocurre es un contacto mínimo en una pierna que provoca que el jugador se trastabille con la otra. Es la típica falta que se comete para cortar un contraataque, algo que se ve prácticamente cada fin de semana en cualquier liga del mundo. Tanto es así que Raúl Moro, jugador que sufre la infracción, se levanta al instante para poner el balón en juego rápidamente.

 

 

Hernández Hernández le mostró la roja y el VAR la confirmó

 

El problema aparece cuando Hernández Hernández decide mostrar tarjeta roja directa. Una decisión que ya en directo generó sorpresa, porque la jugada no tiene absolutamente nada que ver con una acción violenta. En ese momento parecía evidente que el VAR revisaría la jugada para corregir la expulsión, pero eso tampoco ocurrió. Desde la sala de vídeo se decidió validar la roja argumentando que el balón estaba demasiado lejos como para ser jugado y que, por tanto, la acción impedía una ocasión manifiesta de gol.

El argumento puede encajar en una lectura estricta del reglamento, pero ignora por completo el factor más importante en una acción disciplinaria: el nivel de peligro real para el rival. Jan Virgili hace precisamente lo que muchos jugadores hacen cuando quieren evitar una situación de riesgo mayor: comete una falta leve, sin fuerza, sin tacos y sin intensidad, para detener el avance del contrario. No hay dureza, no hay temeridad y no hay ninguna posibilidad de lesión. Sin embargo, esa acción ha terminado con una roja directa y con dos partidos de sanción. ¿Qué diferencia hay entre un contacto ligero en la pierna y un agarrón, por ejemplo, del cuello sin balón de por medio? Siendo más peligroso el segundo, solo se castiga con amarilla.

 

Dos acciones mucho más graves: 1 partido de sanción

 

El absurdo de la situación se hace todavía más evidente cuando se comparan las sanciones del mismo documento del Comité de Competición. En esa misma resolución aparece la expulsión de Raúl García de Haro, que realizó una entrada durísima sobre Samu Costa en la que el jugador del Real Mallorca terminó doblando el tobillo de forma alarmante. Fue una acción muchísimo más peligrosa, con un impacto directo sobre la articulación y con un riesgo evidente de lesión grave.

 

 

La sanción en ese caso fue de un solo partido. Es decir, una entrada que pudo haber provocado una lesión seria recibe menos castigo que una falta táctica sin fuerza ni peligro alguno. El contraste resulta todavía más llamativo si se analiza otra expulsión de la jornada, la de Olasagasti, que realizó una entrada con el pie a la altura de la rodilla del rival. Una acción que, de haber impactado con los tacos, podría haber terminado con una lesión muy grave. La sanción también fue de un partido.

La conclusión es difícil de discutir. El jugador que comete la infracción menos peligrosa de toda la jornada es el que recibe la sanción más dura. Mientras tanto, acciones mucho más violentas o potencialmente lesivas se castigan con sanciones menores. Es un sistema disciplinario que no guarda ninguna proporción entre la gravedad real de una acción y el castigo que recibe.

 

El CTA dio por buena la decisión… para sorpresa de absolutamente nadie

 

La situación alcanza niveles todavía más surrealistas cuando entra en escena el propio CTA. En su último Tiempo de Revisión, el comité decidió analizar la jugada… para dar por buena la expulsión. Sí, en un ejercicio que roza la comedia arbitral, el CTA salió públicamente a explicar que la tarjeta roja estaba perfectamente aplicada porque el balón estaba a mucha distancia y el jugador impedía el avance del rival sin posibilidad de disputarlo. El problema es que ese argumento se derrumba en cuanto se aplica un mínimo de lógica futbolística. En el fútbol se producen constantemente acciones en las que el balón está lejos y el castigo jamás es una expulsión.

Los ejemplos son innumerables: agarrones, bloqueos o empujones cuando el balón está a varios metros del jugador. En esas jugadas, incluso cuando un futbolista derriba a otro agarrándole del cuello o de la camiseta, la sanción habitual es tarjeta amarilla. Aquí, sin embargo, hablamos de un simple trastabilleo, un contacto mínimo sin violencia, sin tacos y sin peligro alguno para el rival… y el CTA decide venderlo como una roja impecable. Es difícil encontrar una demostración más clara de lo desconectado que está actualmente el Comité del propio juego. Porque cuando una acción sin riesgo alguno termina castigada con más dureza que entradas que pueden romper tobillos, lo que falla ya no es la interpretación del reglamento: lo que falla es directamente el sentido común.

 

La Premier League, ejemplo de sentido común en este aspecto

 

Este problema se vuelve todavía más evidente cuando se compara con otras ligas. En competiciones como la Premier League, las expulsiones por juego brusco grave suelen implicar tres partidos de sanción, precisamente porque se entiende que si una acción pone en riesgo la integridad de un jugador el castigo debe ser proporcional a ese peligro. La lógica es sencilla: cuanto mayor es el riesgo de lesión, mayor debe ser la sanción.

En el fútbol español ocurre justo lo contrario. Un jugador puede realizar una entrada peligrosísima y recibir un partido de sanción, mientras que otro que apenas provoca un trastabilleo en un contragolpe se pierde dos encuentros. Esa incoherencia se ha convertido en algo habitual en el sistema disciplinario del fútbol español y cada jornada deja ejemplos que lo demuestran.

 

La acción entre Rüdiger y Diego Rico, la puntilla

 

El caso de Antonio Rüdiger hace apenas unos días es probablemente el ejemplo más claro. En el Real Madrid – Getafe, el defensa alemán lanzó un rodillazo directo a la mandíbula de Diego Rico, que estaba en el suelo. Una acción extremadamente peligrosa que pudo haber terminado con una lesión grave. Sin embargo, el árbitro no vio la jugada, el VAR decidió no intervenir y el Comité de Competición no puede actuar al no existir expulsión previa. Resultado: cero partidos de sanción.

 

 

El contraste es demoledor. Un rodillazo a la cabeza puede quedar sin castigo alguno, mientras que una falta leve para cortar un contragolpe termina con dos partidos de suspensión. Esa falta de coherencia es lo que explica por qué cada vez resulta más difícil tomarse en serio el sistema disciplinario del fútbol español. Cuando las sanciones dejan de guardar relación con el peligro real de las acciones, el reglamento deja de ser una herramienta para proteger el juego y se convierte simplemente en un mecanismo absurdo que castiga unas jugadas y perdona otras sin ningún criterio reconocible.