El CTA termina de cavar su propia tumba tras el tiempo de «Tiempo de Revisión» más ridículo de la temporada.

 

El último Tiempo de Revisión del Comité Técnico de Árbitros pasará a la historia como uno de los momentos más bochornosos del arbitraje español. El Comité, con Fran Soto a la cabeza, el mismo que hace unos días sacaba pecho por ser el primer comité en reconocer errores públicamente, ha decidido pasar por completo del reglamento IFAB y tomar como aciertos todos y cada uno de los errores que se han producido en la pasada jornada. En una jornada repleta de acciones polémicas, con penaltis no señalados, manos evidentes, intervenciones de VAR injustificables y un fuera de juego semiautomático mal analizado, el CTA ha decidido que todo estuvo bien. Absolutamente todo.

La jugada que mejor resume el nivel actual del comité se dio en el Sevilla – Girona. Una mano de Víctor Reis dentro del área que el CTA ha decidido justificar amparándose en el concepto de play the ball. Es decir, que como el jugador roza previamente el balón con la cabeza, la mano deja de ser sancionable.

 

 

El CTA pasa por completo de su propia Circular 3

 

El argumento sería válido… si el reglamento no dijera exactamente lo contrario.

La propia circular federativa es clarísima: cuando un jugador juega deliberadamente el balón y este golpea posteriormente en su mano o brazo, solo deja de ser infracción si no existe un movimiento adicional de la mano hacia el balón. Y eso es precisamente lo que ocurre en esta acción. Víctor Reis roza el balón levemente con la cabeza y, cuando el balón cae, desplaza la palma de la mano hacia él para despejarlo. Movimiento adicional. Penalti. Blanco y en botella. No hay que ser un genio ni tener un máster en arbitraje.

 

 

No es una interpretación. No es una jugada gris. Es reglamento puro y duro.

Que el CTA tenga el texto delante y aun así decida defender lo indefendible no es ya un error arbitral. Es una negación consciente del reglamento. Y cuando el organismo encargado de velar por su correcta aplicación empieza a reinterpretarlo según convenga, el sistema deja de tener sentido.

 

Segunda retratada del reglamento al CTA

 

Pero el problema no se queda ahí. En ese mismo vídeo, el CTA vuelve a justificar otra mano en el Barcelona – Mallorca, asegurando que el defensor no hace su cuerpo más grande y que no existe movimiento adicional del brazo hacia el balón. Basta ver la repetición para comprobar que el brazo se separa del cuerpo y va hacia el balón, ampliando el volumen corporal. De nuevo, el reglamento contradice directamente la explicación del comité.

 

 

No estamos ante errores puntuales. Estamos ante un patrón.

 

El CTA sale por patas y deja sin explicación el fuera de juego del Metropolitano

 

Un patrón que también incluye silencios muy significativos. El CTA ha evitado explicar el penalti clarísimo no señalado sobre Lamine Yamal. Ha evitado entrar en el fuera de juego del Atlético de Madrid, anulado tras analizar la jugada desde un frame incorrecto, pese a que días antes salieron rápidamente a un medio para asegurar que el análisis era correcto. Muy rápidos para defenderse. Completamente ausentes para explicar.

La sensación es clara: el Tiempo de Revisión ya no sirve para aclarar, sino para blanquear decisiones. Para elegir qué se explica y qué se esconde. Para presentar como interpretativas acciones que son errores claros. Y para evitar, a toda costa, reconocer fallos aunque el reglamento esté escrito negro sobre blanco.

 

El Comité con menos criterio de las últimas decadas

 

Esto no es una crítica a una mala semana. Es algo más profundo. Estamos ante el comité con menos nivel, menos criterio y menos credibilidad de las últimas décadas. Un CTA que no solo falla, sino que cuando falla, se inventa argumentos. Un CTA que confunde pedagogía con propaganda y criterio con escapismo.

El problema ya no es el VAR. El problema ya no es el fuera de juego semiautomático. El problema es quién decide qué está bien y qué está mal.

Porque cuando un comité es incapaz de admitir un error evidente, cuando retuerce el reglamento para que encaje con su relato y cuando convierte su vídeo semanal en una parodia involuntaria, el diagnóstico es claro: no hay nadie al volante.