El VAR volvió a dejar el reglamento a un lado para dar por bueno un piscinazo de Mbappé transformado en penalti.

 

Minuto 25 en Foxborough. Mbappé entra en el área, puntea el balón hacia adelante, Mazraoui se va al suelo sin llegar a la pelota y el francés cae. Facundo Tello no lo duda: penalti. El VAR, Hernán Mastrángelo, mira, remira y, al final, no toca nada. Confirmado. Mbappé lanza descentrado en el 28′ y Bono se lo saca. Francia acabaría ganando 2-0 y la anécdota quedó enterrada bajo la clasificación.

Pero no. Vamos a desenterrarla, porque esa acción no era penalti. No estaba cerca de serlo. Y era amarilla para Mbappé.

 

Lo que pasa, en orden

 

Aquí toca ser quirúrgico, porque el orden de los factores lo cambia absolutamente todo.

Mbappé puntea el balón. Mazraoui se tira al suelo y no llega a la pelota. Y entonces, solo entonces, llega el contacto. Un contacto que se produce cuando Mbappé ya se está dejando caer. De hecho, si te fijas en las imágenes, el punto de encuentro aparece porque el francés flexiona la rodilla hacia abajo para tirarse. Si no agacha esa rodilla, quizá ni la roza. No lo sabemos, y no hace falta saberlo.

 

 

Porque lo que sí sabemos es esto: dejarse caer para engañar al árbitro es una infracción. Es tiro libre indirecto y amonestación. Y cometer un penalti es tiro libre directo. Hasta ahí todos de acuerdo. Ahora, la regla de dos más dos: se sanciona la infracción que se produce primero. ¿Cuál se produce primero aquí? El piscinazo. Punto. Lo que ocurra después es irrelevante a efectos disciplinarios, porque la primera infracción ya está cometida.

 

El absurdo argumento del «obstáculo» y por qué se cae solo

 

La defensa favorita de quienes ven penalti es esta: «Mazraoui se tira al suelo y se convierte en un obstáculo, le habría golpeado igual». Suena razonable. Pero no lo es.

A nivel reglamentario da exactamente igual que exista un obstáculo si eres tú el que decide caer contra él. ¿Que la pierna del defensor está ahí abajo? Perfecto: puedes saltarla, puedes esquivarla, puedes seguir con el balón, puede que el contacto no baste para derribarte… Existen mil desenlaces. Pero en el momento en que el atacante decide, por voluntad propia, dejarse caer, está renunciando a continuar la acción. Y si él ha decidido que la jugada se acaba ahí, ¿qué relevancia tiene lo que venga después?

Piénsalo así: cuando un delantero se tira dentro del área, no hace falta ser un lince para saber que ese jugador ya no va a llegar al balón. No lo va a llegar porque no quiere. Ha elegido el suelo.

 

El test de borrar al defensor

 

Si te cuesta verlo, hay una herramienta que no falla, y que todo analista debería tener en la mochila: elimina artificialmente al defensor de la acción. Bórralo. Y ahora responde.

Quita a Mazraoui: ¿Mbappé se cae igual? Sí. Se estaba dejando caer antes del contacto. El balón se le va por la línea de fondo y él acaba en el césped exactamente igual. Conclusión: no es penalti.

Ahora hazlo al revés con una falta de verdad. Un defensor derriba a un delantero que iba lanzado. Bórralo: ¿el delantero sigue? Sí, continúa la jugada. Lo único que le hace caer es el defensor. Conclusión: es penalti.

Así de simple. Ese es el filtro. Y esta acción no lo pasa ni de lejos.

 

El nivel del análisis, que es el problema de fondo

 

Y aquí viene lo que de verdad hay que decir, aunque incomode. Ver penalti en esta jugada no es una opinión discutible: es un fallo de lógica. Es analizar la causa aislada, «hay contacto, luego hay falta», ignorando la secuencia, que es lo único que importa cuando un jugador simula.

En el arbitraje, como en cualquier profesión, hay gente con título, con currículum y con reputación que, puesta ante una jugada compleja, no da la talla. No es un insulto, es una constatación: analizar acciones sencillas está al alcance de cualquiera; sostener un criterio coherente en las difíciles, no. Y cuando un analista se agarra al «le habría dado igual» para justificar un penalti nacido de una simulación, lo que está haciendo es construir una excusa a posteriori. Le está diciendo al público lo que el público quiere oír, no lo que dice el reglamento. Y eso, en un oficio que vive de explicar la norma, es lo más grave que puedes hacer.

 

El VAR, otra vez de perfil

 

Queda el capítulo más feo. El VAR estuvo tres minutos largos hurgando en la jugada. Tuvo todos los ángulos. Vio la secuencia completa, vio la rodilla que se dobla, vio que el contacto llega después de la decisión de caer. Y no hizo nada.

No intervenir cuando un futbolista está engañando al árbitro no es prudencia. Es escurrir el bulto. El VAR nació precisamente para corregir el error claro y manifiesto, y un piscinazo convertido en penalti en unos cuartos de final de un Mundial es el error claro y manifiesto de manual. Si no entras ahí, ¿dónde entras? Cada vez que la sala mira hacia otro lado ante una simulación, le está diciendo a los delanteros que el negocio sale rentable. Y sale.

 

El veredicto

 

No era penalti. Era falta de Mbappé por simulación, tiro libre indirecto para Marruecos y cartulina amarilla para el capitán francés. Y no habría sido la primera de la temporada, porque el gesto empieza a ser un patrón reconocible en su juego y, sistemáticamente, alguien se lo compra.

El fútbol tuvo suerte: Bono paró el penalti y el marcador no quedó manchado. Pero no analizamos consecuencias, analizamos decisiones. Y la decisión fue mala, la revisión fue peor, y buena parte del análisis posterior ha sido directamente indefendible.