Una llamada del presidente de Estados Unidos bastó para que el organismo se inventara un resquicio legal y borrara la roja de Balogun. A estas alturas, el fútbol ya sabe ante quién se arrodilla su máxima autoridad: ante el que más paga.

 

Vamos a contarlo tal cual pasó, sin adornos, porque el relato desnudo ya es suficientemente vergonzoso.

Folarin Balogun, delantero y máximo goleador de Estados Unidos en este Mundial, vio una roja directa contra Bosnia. Una roja correcta, por cierto: pisó por detrás a Muharemović, el árbitro Raphael Claus fue al monitor tras el aviso del VAR y expulsó por juego brusco grave. Y conviene pararse aquí, porque el reglamento no exige intención para esa roja. Da igual que no quisieras hacer daño: si metes la pierna en la zona de un rival sin saber si vas a llegar al balón o al tobillo, asumes lo que venga. Y lo que vino fue el tobillo. Roja de manual.

Hasta ahí, un jueves cualquiera. El problema vino después. Porque apenas unos días después sonó un teléfono: Donald Trump llamó a Gianni Infantino para pedirle que «revisara» la expulsión. Y unos días más tarde, justo la víspera de que Estados Unidos jugara ante Bélgica, la FIFA anunció que la sanción quedaba en suspenso. El anfitrión recuperaba a su goleador. Casualidad, seguro.

 

El artículo que apareció de la nada

 

La FIFA no ha dicho que la roja fuera injusta. No podía: era correcta. Lo que ha hecho es más retorcido. Se ha agarrado al artículo 27 de su Código Disciplinario, ese que permite dejar una sanción en suspenso a modo de «periodo de prueba», para no aplicar lo que manda su propio artículo 66.4: que una roja directa implica, de forma automática, un partido de sanción. Automática. Como con todas las expulsiones de este Mundial. Todas menos una. De hecho, para encontrar una roja mundialista que no acabe en sanción hay que remontarse a 1962. Sesenta y cuatro años.

Y no hace falta que te lo digamos nosotros. Te lo dice Bélgica, que recuerda que la decisión choca de frente con el reglamento de la competición y ya estudia cómo impugnarla. Te lo dice Alemania, que ha exigido a Infantino que salga a explicar si hubo injerencia política. Te lo dice Noruega, que habla de error grave. Te lo dice hasta el comisario de Deportes de la Unión Europea. Cuando media Europa futbolística coincide en que has puesto la imparcialidad en venta, no es que tengas mala prensa: es que la tienes vendida.

¿Y los protagonistas? Encantados. Trump celebró el indulto en sus redes y este lunes, ya sin disimulo, reconoció la llamada: pidió que revisaran la roja porque, según él, no era falta, y remató con una perla, admitió que ni siquiera sabía qué demonios era una tarjeta roja. Ahí lo tienes: el hombre que movió el hilo reconoce que no entendía ni lo que estaba discutiendo. Eso sí, jura que él no decidió nada, que no puede ordenarle nada a Infantino. Ya. Y la sanción se cayó sola, claro.

 

Esto no es un caso aislado

 

Lo grave no es solo el qué. Es que encaja como un guante con lo que la FIFA lleva tiempo siendo: un organismo que, cuando hay dinero de por medio, no le dice que no a nada.

¿Que hay que meter más publicidad? Pausas de hidratación en partidos a veinte grados y bajo la lluvia, estiradas hasta convertir el minuto y medio de siempre en tres minutos de anuncios. ¿Que eso alarga los partidos? No pasa nada: se compensa por abajo, contando los segundos del portero, los del saque, los de cada falta, acelerando el juego a cronómetro para que quepa un spot más. Se maquilla de «agilizar el fútbol» lo que en realidad es cuadrar la caja. Y mientras, un nivel arbitral señalado por todos, con designaciones que no hay por dónde cogerlas, en plena guerra abierta con la UEFA que ha convertido el reparto de colegiados en un tablero de amiguismos y represalias. El peor arbitraje que se le recuerda a un Mundial, y no es casualidad.

Es el mismo patrón que vemos cuando las competiciones se van al mejor postor aunque el postor pisotee derechos por el camino. Manda el talonario. Y la FIFA, que debería ser el último dique, hace tiempo que abrió las compuertas.

 

El precedente que lo pudre todo

 

Pero quédate con esto, que es lo verdaderamente peligroso. Si una roja se puede «suspender» con el artículo 27 porque a un presidente le da por llamar, entonces cualquier roja, de cualquier jugador, de cualquier selección, se puede recurrir igual. Y a partir de ahora la FIFA solo tiene dos caminos, y los dos son un desastre: o se lo concede a todos, y entonces la sanción por roja deja de existir, o se lo concede a unos sí y a otros no, es decir, adultera la competición a la carta. Para el anfitrión, faltaría más. Para ti, ya veremos.

No hay salida elegante. En este charco se han metido ellos solitos.

 

El organismo de rodillas

 

Hubo un tiempo en que la FIFA era intocable, una autoridad por encima de todos a la que no se le discutía la palabra. Hoy es otra cosa. Es un organismo mediocre, sin coherencia, que confunde gobernar el fútbol con hacerle la cama a quien más aporta. Le da igual el juego. Le da igual la norma que firmó la semana pasada. Basta una llamada del amo de turno para que aparezca, de milagro, el articulito que hacía falta.

La FIFA ya no arbitra nada. Se arrodilla. Y de tanto arrodillarse, se le han gastado las rodilleras. Lo peor es que esta vez lo ha hecho a la vista de todos, en el escaparate más grande del planeta, la víspera del partido y con el teléfono todavía caliente. Que cada cual saque sus conclusiones.