Sanciones que desconciertan: del puñetazo a un rival al “sinvergüenza”, todo vale cuatro partidos.
El Comité de Competición ha hecho públicas las sanciones correspondientes a los incidentes del pasado fin de semana y, más allá de la habitual lista de partidos de suspensión, lo que queda es una sensación difícil de justificar: la de un criterio que, lejos de aclararse, parece cada vez más difícil de entender.
13 partidos de sanción para Esteban Andrada
El caso más llamativo, por volumen, es el de Andrada. El futbolista ha sido sancionado con 13 partidos tras propinar un puñetazo a Pulido en el Huesca–Real Zaragoza. Una sanción dura, elevada, pero que encuentra su explicación en el acta arbitral. El colegiado, Arcediano Monescillo, reflejó que el jugador agredido sufrió un golpe en el pómulo, lo que agrava la acción y eleva la sanción. Dentro de la lógica disciplinaria, es una decisión severa, pero coherente con lo sucedido.
2 partidos a Tasende por un toquecito en la pierna
Muy distinto es el caso de Tasende, al que le han caído dos partidos por una acción que, siendo estrictos, entra dentro de lo sancionable, pero cuyo impacto real es mínimo. Una agresión leve, prácticamente anecdótica, que acaba teniendo castigo disciplinario, aunque en un escalón claramente inferior.
Hasta aquí, todo entra dentro de lo más o menos esperado. El problema llega cuando se baja un peldaño más y se empieza a comparar.
La lotería de las sanciones llega con Isi Palazón y Dani Jiménez
Porque el foco se lo lleva, inevitablemente, Isi Palazón. El futbolista, que vio la tarjeta roja en los últimos minutos del Rayo Vallecano – Real Sociedad tras un arbitraje catastrófico de Guzmán Mansilla, ha sido sancionado con siete partidos en total: uno por la expulsión, dos por protestas y cuatro más por dirigirse al árbitro con un “eres un sinvergüenza”. Y es aquí donde el sistema empieza a chirriar.
No por la sanción en sí, que puede encajar dentro del reglamento, sino por la comparación directa con otros casos recientes.
En ese mismo Huesca – Real Zaragoza mencionado anteriormente, Dani Jiménez ha sido sancionado con cuatro partidos por propinar un puñetazo a Andrada en medio de una trifulca. Un golpe menos violento, sí, pero un puñetazo al fin y al cabo, sin balón de por medio.
La equivalencia es difícil de ignorar: decirle a un árbitro “eres un sinvergüenza” tiene el mismo castigo que agredir físicamente a un rival.
Paul Akouokou, cuatro partidos por golpear el monitor de VAR
Y no es un caso aislado. Meses atrás, Paul Akouokou recibió también cuatro partidos de sanción por golpear la pantalla del VAR. Es decir, el mismo castigo que una agresión a un jugador y el mismo castigo que una desconsideración al árbitro.
Aquí es donde el sistema entra en una zona difícil de sostener. Porque la sensación que queda es que todo termina midiendo lo mismo. Que acciones completamente distintas, con impactos completamente distintos dentro del juego, acaban teniendo consecuencias idénticas. Y eso es lo que genera desconcierto.
No se trata de defender una conducta u otra. Nadie está diciendo que insultar a un árbitro deba quedar impune, ni que golpear una pantalla sea aceptable. Pero cuando se colocan en el mismo escalón que una agresión física a un rival, el mensaje que se transmite es, cuanto menos, confuso. Porque en términos prácticos, el resultado es el mismo. Cuatro partidos.
Da igual si pierdes los nervios y dices una frase desafortunada, si golpeas un monitor o si sueltas un puñetazo en una trifulca. El castigo, en determinados casos, es idéntico. Y eso abre una reflexión incómoda. Porque si todo vale lo mismo, entonces nada parece tener un valor real dentro de la escala disciplinaria.
Agredir o realizar una desconsideración: Mismo premio
De hecho, llevado al extremo, la conclusión es tan absurda como evidente: a Isi Palazón le habría salido igual de caro, en términos de sanción, no decir nada y protagonizar una agresión. O, directamente, descargar su frustración contra una pantalla del VAR.
Ese es el punto al que llega la comparación. Y es ahí donde el sistema pierde sentido. No por la dureza de las sanciones, sino por la falta de coherencia entre ellas. Porque una cosa es castigar y otra muy distinta es mezclar en el mismo saco conductas que, dentro del fútbol, no tienen el mismo peso, ni la misma gravedad, ni las mismas consecuencias. Y cuando eso ocurre, lo que queda no es una sensación de justicia, sino de desconcierto.