El Celta de Vigo pasa a cuartos de final tras sufrir los dos «errores» arbitrales más graves de toda la Europa League.

 

El Celta de Vigo ya está en cuartos de final de la Europa League, y lo ha hecho con más mérito del que refleja cualquier marcador. No solo ha tenido que eliminar a un rival de enorme entidad como el Olympique de Lyon, sino que además ha tenido que hacerlo sobreviviendo a dos decisiones arbitrales escandalosas, una en la ida y otra en la vuelta, que perfectamente pueden catalogarse como los dos errores más graves de toda la competición hasta el momento. No hablamos de dos jugadas grises, ni de dos acciones interpretativas, ni de dos lances donde uno pueda entender una lectura u otra. Hablamos de dos barbaridades.

 

El VAR se saltó el protocolo en la ida

 

En la ida, el Celta ya sufrió una de esas decisiones que no deberían volver a verse en una competición europea. Borja Iglesias fue expulsado por doble amarilla en una acción en la que el árbitro tardó 31 segundos en mostrar la segunda tarjeta. Treinta y un segundos. Un tiempo completamente anormal para una decisión que, si realmente tienes clara, se toma al instante. El colegiado pasó por delante del jugador, no le expulsó, se tocó el pinganillo y, de repente, la amarilla apareció. Fue tan burdo, tan poco disimulado y tan impropio del protocolo VAR que la sensación fue inmediata: el VAR se había metido donde no podía meterse.

 

 

Y ese es precisamente el problema. Aquello no fue un error de apreciación. No fue una jugada de esas que se revisan durante días porque unos creen una cosa y otros la contraria. Fue algo mucho más grave: una intervención prohibida, una ayuda encubierta al árbitro para resolverle una duda que reglamentariamente debía resolver solo. Eso no es un fallo arbitral al uso. Eso es saltarse el protocolo. Eso es manchar una eliminatoria. Y eso condicionó la ida de forma evidente, porque dejó al Celta con uno menos y permitió al Olympique de Lyon poner el empate en el marcador tras encerrar a los gallegos en su área.

 

El penalti más claro de toda la competición en la vuelta

 

Por si aquello no fuera suficiente, la vuelta dejó otra jugada todavía más salvaje a nivel arbitral. En el minuto 1 de partido, prácticamente con el balón todavía caliente, se produjo un penalti de los que no admiten debate serio. Tagliafico llega tarde a la acción, puede incluso rozar mínimamente el balón, pero lo importante no es eso: lo importante es que termina clavando los tacos en la zona interna del pie y provocando un giro durísimo del tobillo de Javi Rueda. Es una acción feísima, durísima y peligrosísima, de esas que en cualquier competición seria deben saldarse, como mínimo, con penalti y amarilla muy clara.

 

 

De hecho, la roja no habría sido ninguna locura. No sería una expulsión escandalosa ni mucho menos exagerada, porque el punto de impacto, la fuerza del contacto y la torsión que provoca en el tobillo colocan la jugada en ese terreno de las acciones naranjas muy oscuras. Pero aunque alguien no quiera ir tan lejos como para hablar de roja, hay algo indiscutible: que eso no se señale como penalti es un disparate monumental. No es una jugada al límite. No es una de esas acciones que se pueden dejar pasar por interpretación. Es un penalti como una catedral.

 

El VAR la tomó con el Celta de Vigo durante toda la eliminatoria

 

Y ahí es donde aparece la dimensión real de lo que ha hecho el Celta. Porque no estamos diciendo que haya pasado una eliminatoria con un arbitraje casero o con un par de decisiones menores en contra. Estamos diciendo que ha sobrevivido, en la misma eliminatoria, a una expulsión adulterada por una intervención improcedente del VAR y a un penalti clamoroso no señalado en el primer minuto de la vuelta. Es decir, ha tenido que superar dos golpes arbitrales de un calibre descomunal y aun así ha encontrado la manera de seguir en pie.

Muchas veces en el fútbol se usa la expresión “contra todo y contra todos” de forma exagerada, casi como un recurso emocional o una frase hecha para calentar el ambiente. En este caso no. En este caso encaja de lleno. Porque lo del Celta contra el Olympique de Lyon no ha sido una simple sucesión de errores humanos comprensibles. Un árbitro puede fallar, igual que falla un delantero a puerta vacía o un portero en una salida. Eso entra dentro del fútbol. Lo que ya no entra dentro del fútbol es que en una ida se pervierta el protocolo VAR y que en una vuelta se ignore uno de los penaltis más claros de toda la temporada europea.

 

El Celta, contra todo y contra todos los elementos arbitrales

 

La diferencia es enorme. Una cosa es equivocarse. Otra muy distinta es incurrir en negligencias que desbordan cualquier explicación razonable. Lo de la ida fue una chapuza impropia del nivel que se presupone a la UEFA. Lo de la vuelta es todavía peor de explicar desde la lógica arbitral más básica. Cuando ves unos tacos impactando de esa manera, doblando un tobillo de esa forma, y aun así no señalas nada, ya no estamos en el terreno del error normal. Ya estamos en otra cosa. Y cada uno sabrá qué nombre ponerle.

Por eso el pase del Celta tiene tanto valor. Porque no solo elimina a uno de los equipos más fuertes de la Europa League, sino que lo hace sorteando dos decisiones arbitrales que habrían tumbado a muchísimos equipos. El Celta está en cuartos, sí, pero no gracias a la normalidad de la eliminatoria, sino pese a una eliminatoria profundamente condicionada por dos escándalos arbitrales de primer nivel. Y eso, guste o no, también hay que decirlo claro: el Celta ha pasado a cuartos contra un gran rival, contra dos decisiones incomprensibles y, literalmente, contra todo y contra todos.