Para sorpresa de nadie, la idea de amenazar con «nevera» a los árbitros por cometer errores ha generado, precisamente, dichos errores.
Hay ideas malas. Luego están las ideas muy malas. Y después está esa categoría especial de decisiones que uno no entiende ni cómo se les ocurrió a quienes se supone que deben dirigir algo tan delicado como el arbitraje profesional. La brillante ocurrencia del Comité Técnico de Árbitros de filtrar a la prensa que un árbitro que cometa dos errores en un partido irá a la nevera pertenece exactamente a esa última categoría.
No fue una explicación técnica interna. No fue un protocolo discreto para mejorar el rendimiento del colectivo. No. Fue una filtración interesada a sus voceros habituales, a los periodistas amigos que actúan como altavoces del comité. Una amenaza pública, lanzada al aire como si fuera una gran medida de control. Y cualquiera que haya pisado un campo, o simplemente entienda cómo funciona la psicología de un árbitro, sabe que es una idea desastrosa.
Porque cuando amenazas con la nevera a un árbitro, lo condicionas desde el minuto uno.
Los árbitros y un ejercicio de supervivencia
El árbitro debería salir al campo con una única preocupación: acertar. Pero si le colocas una espada de Damocles sobre la cabeza —“dos errores y te vas a la nevera”— lo que haces es convertir cada decisión en un ejercicio de supervivencia. En cuanto comete el primer error, el partido cambia completamente para él. Ya no arbitra con naturalidad. Empieza a arbitrar con miedo.
Y un árbitro con miedo es exactamente lo contrario de lo que debería querer cualquier organismo que pretenda dirigir el arbitraje con un mínimo de seriedad.
Porque en ese momento el árbitro empieza a pensar en cómo evitar el segundo error, no en arbitrar el partido con normalidad. Detendrá más el juego de lo necesario. Dudará más. Revisará más. Intentará protegerse. Y si tiene que inclinar una decisión hacia el lado más seguro, lo hará.
Es exactamente lo que hemos visto este fin de semana.
De Burgos Bengoetxea y su intento de evitar la nevera
El ejemplo más evidente es el Real Mallorca–Espanyol. De Burgos Bengoetxea llega al minuto 66 con un error ya corregido por el VAR en la primera parte. Sabe perfectamente lo que significa una segunda corrección. La nevera. Así que cuando le llaman al monitor para revisar una falta que en las repeticiones parece evidente, lo que vemos no es un árbitro revisando una jugada. Lo que vemos es a un árbitro intentando sobrevivir.
Tres minutos delante de la pantalla. Pidiendo cámaras sin parar. Buscando diversos ángulos de la acción. Negando con la cabeza. Y finalmente tomando una decisión que no comparte prácticamente nadie: ni analistas arbitrales, ni aficionados, ni siquiera muchos árbitros del propio colectivo.
Hay quien dice que no, que De Burgos no haría eso para evitar la nevera. Que si el CTA considera que es error, lo mandará igual.
Sí… pero no.
El «no tengo claro si hay contacto» como salvavidas
De Burgos Bengoetxea no es tonto. Y su discurso durante la revisión es muy revelador. Él no dice que la jugada no sea falta. Eso sería un error de criterio. Lo que hace es algo mucho más inteligente: insiste en que no puede confirmar el contacto. Que no hay una toma clara. Que no puede apreciarlo con seguridad.
Es exactamente la misma defensa que utilizó Munuera Montero en el Celta de Vigo–Osasuna con un pisotón que tampoco se veía perfectamente. En aquella ocasión el CTA respaldó al árbitro porque la imagen, de forma evidente, no permitía confirmar el error.
Así que De Burgos les devuelve la pelota.
La patata caliente, en manos del CTA
Les entrega una patata caliente. Porque ahora el CTA tiene que decidir qué hacer. Si dicen que el contacto es claro, dejan en evidencia a su propio árbitro. Básicamente estarían reconociendo que no lo vio… o que no quiso verlo. Si dicen que no se aprecia bien, estarán justificando una de las jugadas más evidentes de los últimos meses.
Todo esto provocado por su propia ocurrencia de la nevera.
Y no fue el único ejemplo del fin de semana. En el Rayo Vallecano–Levante, una mano clarísima de Patric Ciss acaba en gol porque De la Fuente Ramos, árbitro de VAR procedente de Segunda División, decide no llamar a Soto Grado. ¿Por qué? No por la nevera. Sino por algo igual de absurdo: la jerarquía.
Un árbitro de Segunda División no quiere “molestar” a uno de los pesos pesados de Primera.
Así funciona ahora mismo el sistema que ha creado el CTA. Un sistema donde los árbitros arbitran pensando en las consecuencias, no en el reglamento. Donde algunos evitan decisiones por miedo a la nevera y otros por respeto a la jerarquía.
El resultado es exactamente el que estamos viendo: errores, más errores y un descrédito cada vez mayor.
Así que la pregunta sigue siendo la misma.
¿A quién le pareció buena idea amenazar con nevera a los árbitros?